El tren hacia el norte salía a las siete y doce, pero Valeria llevaba en el andén desde que la niebla empezó a tragarse las farolas de la estación. A esas horas, el frío de la ciudad no solo se respiraba; se metía debajo de la piel como un recordatorio. En su mano derecha, el billete de ida parecía un trozo de papel cualquiera, pero pesaba más que la maleta de cuero envejecido que descansaba a sus pies.
—Sabía que vendrías aquí —dijo una voz a su espalda.
Valeria no se sobresaltó. Había pasado los últimos tres meses esperando ese timbre de voz, ensayando en su mente la forma exacta en que giraría el rostro. Cuando lo hizo, vio a Manuel con el abrigo abierto y el pelo salpicado por la llovizna. No traía prisa en los pasos, sino esa calma tensa de quien cree que todavía tiene el control del tablero.
—Llegas tarde, Manuel —respondió ella, sosteniéndole la mirada. Su voz sonó más firme de lo que su propio corazón le dictaba—. El último informe de la gestoría se firmó ayer. Ya no quedan asuntos pendientes en la ciudad.
Manuel dio un paso al frente, deteniéndose justo en el límite donde las gotas de lluvia golpeaban el borde del techado del andén. De su bolsillo sacó un sobre pequeño, de un azul oscuro casi idéntico al de las cartas que Valeria solía esconder en el fondo de su escritorio.
—Te dejas esto —dijo él, extendiendo la mano—. Lo encontré en el cajón del estudio. Pensé que no querrías empezar de nuevo con una deuda.
Valeria miró el sobre. Sabía perfectamente lo que había dentro: la llave de la casa de la playa, el único rincón que no había entrado en el reparto del divorcio, el lugar donde alguna vez creyeron que el invierno no los alcanzaría. Fue un gesto sutil, una última cuerda invisible para intentar frenar el mecanismo que ella misma había puesto en marcha.
A lo lejos, el silbato del tren rasgó la bruma. El suelo del andén comenzó a vibrar levemente, anunciando la llegada de la enorme masa de hierro.
Valeria miró la mano de Manuel, luego sus ojos cansados, fijos en ella con una mezcla de súplica y orgullo. Comprendió entonces que la peor parte de una ruptura no son los gritos, sino la elegancia con la que dos personas que se han amado aprenden a hacerse daño.
—Quédatela —dijo ella, dando un paso atrás hacia la línea de seguridad—. A partir de mañana, a esa casa le va a hacer falta alguien que ventile las habitaciones.
No esperó a ver su reacción. Cuando las puertas del vagón se abrieron con un suspiro de aire comprimido, Valeria subió la maleta, entregó el billete al revisor sin mirar atrás y se sentó junto a la ventanilla. Mientras el tren aceleraba, borrando la silueta de Manuel bajo los focos de la estación, Valeria apoyó la frente en el cristal frío. Afuera, la noche avanzaba pura y limpia, lista para ser escrita de nuevo.